Amanece mas T ...
Amaneciendo con la mejor música
08/06/2012 |
Séptima función del ciclo 2012 de la OFBA.
El Teatro Colón de Buenos Aires presentó el jueves 7 de junio de 2012, la séptima función del ciclo de conciertos de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, en esta oportunidad, dirigida por el destacado maestro Ira Levin, acompañado por la solista Akiko Suwanai, considerada una de las mejores violinistas del mundo. En primer término se escuchó la obertura de “Los Maestros Cantores de Nuremberg” de Richard Wagner en una versión en que la indefinición respecto de la intensidad sonora que debía obtenerse de los metales, se trasladó al concepto general de una pieza en la que no pueden convivir brillantes y opacidad. La primera parte finalizó con “El árbol de los sueños”, de Henri Dutilleux, una obra que requiere del solista, en esta oportunidad la violinista Akiko Suwanai, una continua intervención - totalmente alejada de las demostraciones de virtuosismo - que resulta determinante para la orquesta. La inclusión de esta obra para ser ejecutada por una figura como Akiko Suwanai, generó encendidos debates en los pasillos, liderados por quienes consideraban que hubiera sido mejor escucharla en algún concierto para violín más tradicional. Desde aquí coincidimos con el concepto del director del Teatro Colón, Pedro Pablo García Caffi, que busca situar a nuestra principal Sala en el centro de la escena mundial incluyendo en la programación regular obras contemporáneas, para evitar que nuestro primer coliseo quede relegado a la oscura posición de cobijar solamente obras de los compositores más escuchados. Esta primera mitad finalizó con un solo de violín de Bach que la intérprete japonesa llenó de matices, aunque sin salirse de la tradición del estilo barroco. La segunda mitad fue lo mejor del programa, toda vez que el rendimiento de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires en la Sexta Sinfonía de Dvorak fue excelente, haciendo lucir al máximo cada uno de los temas de los primeros tres movimientos, al punto que el público rompió la tradición de aplaudir solamente al finalizar la obra brindando calurosas ovaciones (esta actitud sorprendió innecesariamente a los músicos que sonrieron desconcertados), al finalizar cada uno de los movimientos. Especial mención debemos realizar respecto de la excitación generada en los dos primeros movimientos gracias a la interesante lectura del maestro Ira Levin que supo capturar todos los detalles expresivos que Dvorak compuso para las cuerdas y los vientos, que al llegar al Adagio tiñeron los sonidos con alegre lirismo. La interpretación del “scherzo” (tercer movimiento), que mereció un bis de la orquesta al finalizar el espectáculo, sostenido por una inmensa intervención de las cuerdas agudas (los violines) y las maderas y sirvió como pasaje al perfecto e impetuoso final. Muy buen espectáculo.
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